El otro día fui al cine con mi hija. A mi hija le hicieron un descuento por ser estudiante; y a mí, a pesar de también serlo, no me lo hicieron porque era mayor de treinta años. Es evidente.
Parece que me voy acercando a una edad en donde todo el mundo habla de lo que vamos a perder cuando nos jubilemos o de dolores inexplicables en lugares del cuerpo que desconocíamos.
Yo no me lo planteo. Quiero seguir mirando desde el zaguán de casa a todo el que pasa por delante. Me gusta el presente. Pero lo que sí es verdad es que no debemos olvidarnos de que en unos años Canarias será una población de viejos y viejas; y entre ellos me encontraré yo.
Los suicidios son la mayor causa de muerte no natural en las islas. Superan a los ahogamientos y a las muertes producidas por accidentes. Hay un porcentaje importante entre esas muertes de hombres mayores de 80 años.
Quizás la soledad impuesta y las dificultades económicas para llevar una vida digna empujen a finalizarla de manera premeditada.
¿No debería de preocuparnos este dato? ¿O preferimos que alguien se trague un bote de pastillas antes que ofrecerle una salida digna, aunque también sea la muerte?
En fin, me voy a plastificar el carnet de estudiante para la próxima vez que vuelva a ir al cine.











