Mis vecinos
Que se caigan también estos muros también...
A mis años, ya estoy un poco de vuelta de todo. Me cansa escuchar siempre la misma retahíla: parece que tenemos que elegir entre ser «buenos samaritanos» o ser «económicamente responsables». Como si el corazón y el bolsillo fueran enemigos irreconciliables.
Pues mira, no. Esa película no me la trago. La regularización de migrantes no es solo una cuestión de números, ni solo una cuestión de bondad. Es, sencillamente, lo único que tiene sentido si queremos seguir llamándonos una sociedad civilizada (y próspera).
No son fantasmas, son tus vecinos, carajo.
Empecemos por lo que importa: las personas. Y digo personas, no «recursos humanos» ni «mano de obra».
Hablo de la chica que le da las pastillas a tu madre cuando tú estás trabajando. Hablo del chaval que se deja la espalda en el invernadero para que tú tengas tomates en la ensalada. Ahora mismo no existen. Son invisibles. Son fantasmas administrativos.
Negarles los papeles es negarles el derecho más básico: el de existir legalmente. Es condenarles a vivir con miedo, a no poder alquilar un piso decente, a no poder denunciar si el jefe no les paga o si abusan de ellos. ¿De verdad somos un país que mira para otro lado mientras medio millón de vecinos viven en el limbo? A mí, francamente, se me caería la cara de vergüenza. Los Derechos Humanos no se pueden quedar en un papel mojado en Ginebra o de dónde vengan; tienen que valer para el que vive en el tercero izquierda.
Si permitimos la explotación del de fuera, estamos devaluando el trabajo del de dentro. Dar derechos civiles a los migrantes es poner una red para que nadie se caiga, y si lo hace, tener quien lo recoja. Es protegernos a todos, a nuestra dignidad, pero también a nuestros vecinos.



Querido Daniel, empezó el año y no he escrito mis acostumbrados comentarios. Es así, es cuestión de dignidad. Que este febrero que termina sea de aprendizajes y alegrías. Un abrazo fuerte desde Tenerife
Muy bueno Dani, como siempre. Y totalmente de acuerdo. Abrazos